Siempre que Héctor tenía turno de tarde, Raquel lo esperaba impaciente. En cuanto oía el ruido de sus llaves abriendo la puerta, corría a su encuentro, y se tiraba a sus brazos colgándose de él como un koala para contarle lo que había preparado para cenar.
- He hecho tortilla de patatas y he cortado algo de embutido para acompañar; si no te apetece te puedo preparar otra cosa - parecía mentira que llevaran casi dos años viviendo juntos y que no se cansara de esa bienvenida al hogar.
- Como no me va a apetecer, si lo ha preparado la mejor cocinera del mundo – Siempre contestaba lo mismo, y es que en verdad lo era.
Mientras Raquel terminaba de poner la mesa, Héctor se cambiaba de ropa y abría una botella de vino; su chica cuidaba de él tan bien como su propia madre, sentían auténtica devoción el uno por el otro. Se contaban sus respectivos días mientras cenaban y veían la tele; Raquel era un cascabel, siempre riéndose y con mil anécdotas divertidas que relatar, pero por muchas cosas entretenidas que le hubiesen pasado, lo mejor de todo era poder compartirlas en ese rato con Héctor.
Cuando Héctor no trabajaba de mañana, solía dejarlo durmiendo mientras ella salía a clase; las tardes estudiando en casa se hacían eternas esperando su regreso; la cena era su momento favorito, cotilleando y criticando a sus respectivos compañeros. No eran más que dos niños de veintiún años jugando a ser adultos; o así es como les veían sus familias, que nunca confiaron en que pudiera salir bien su pronta decisión de irse a vivir juntos, cuando apenas contaban con diecinueve años y habiéndose conocido dos meses antes.
Subsistían con el trabajo de Héctor en una fábrica de motores y de las becas y algunos trabajillos sueltos de Raquel; por supuesto que no era fácil y que las peleas formaban parte de la rutina, pero eran felices y estaban demostrando a todos que habían acertado en su decisión.
Cuando Héctor no trabajaba de mañana, solía dejarlo durmiendo mientras ella salía a clase; las tardes estudiando en casa se hacían eternas esperando su regreso; la cena era su momento favorito, cotilleando y criticando a sus respectivos compañeros. No eran más que dos niños de veintiún años jugando a ser adultos; o así es como les veían sus familias, que nunca confiaron en que pudiera salir bien su pronta decisión de irse a vivir juntos, cuando apenas contaban con diecinueve años y habiéndose conocido dos meses antes.
Subsistían con el trabajo de Héctor en una fábrica de motores y de las becas y algunos trabajillos sueltos de Raquel; por supuesto que no era fácil y que las peleas formaban parte de la rutina, pero eran felices y estaban demostrando a todos que habían acertado en su decisión.
Al terminar de cenar, Héctor recogía la mesa y Raquel se liaba un porro; era curioso que después de casi dos años viviendo juntos siguiera echando miradas pícaras al culo de su chico, cuando éste salía por la puerta del salón con los platos sucios.
Al volver de la cocina, Héctor se sentó en el sofá y cogió el mando del reproductor, esa noche le tocaba elegir película a Raquel, que se había decidido por “Hacia rutas salvajes”; otra noche tranquila en casa, sin chimeneas ni velas, pero juntos.
Una sencilla historia, un costumbrismo que todos conocemos o hemos vivido alguna vez. Lo cotidiano como reflejo de una realidad palpable. Se deja llevar la historia como se dejan llevar los protagonistas. Me encantó, un fiel lector de tus palabras ;) SIEMPRE
ResponderEliminarEn mi pueblo se dice "Yo no quiero cortijos ni palacios de cristal..." Tampoco yo.
ResponderEliminarO de como la simplicidad, la tranquilidad y la felicidad no dependen de nada externo.
Gracias por escribirlo.
Besos
Me suena...!!I like it...
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