miércoles, 19 de enero de 2011

Por los viejos tiempos (Proyecto "Mundos paralelos")

Hoy es el primer "Mundo paralelo" construido con los cimientos de uno de nuestros seguidores. Él es Rubén Ochoa, le podéis conocer mejor entrando en su Twitter: @ruben_ochoa o en su Tumblr donde demuestra su arte con las letras.
Sus pautas son: 1-Francisco y Valeria se conocieron cuando él tenía 15 y ella 13 años 2-Sintieron que había algo especial entre ellos pero nunca se lo dijeron el uno al otro. 3-Pasan 18 años y se reencuentran.
Les recordamos que pueden dejar sus pautas en los comentarios de cualquiera de los dos blogs y nosotros escribiremos vuestra historia. Muchas gracias por leer, les dejamos con la historia de hoy. Un saludo.

Por los viejos tiempos

 

Valeria salió a la terraza a fumar un cigarro y dejar que el aire fresco de la noche despejara su cabeza, el día que empezó tan anodino como de costumbre, le había despedido con una agridulce sorpresa.

Llevaba años sin acordarse de Francisco y su guitarra, pasó cada tarde del verano de 1993 sentada a sus pies en la plaza del pueblo, cantando las canciones que él tocaba; nunca antes había estado enamorada y se sentía terriblemente cohibida siempre que se quedaban a solas.

Volvió a entrar en casa y siguió trabajando en el informe de ventas que debía entregar al día siguiente.
Francisco se despertó a media noche en la oscuridad de su habitación, solo, amargado, y preguntándose donde estarían todos aquellos sueños que había dejado de perseguir. Cogió su guitarra y tocó para sí mismo “Quién me ha robado el mes de abril”.

Recordó a Valeria, la niña risueña que empezó a crecer aquel verano de 1993, cada día bajaba, después de la siesta, a cantar a la plaza del pueblo porque sabía que ella aparecería por allí en algún momento y sin que sospechara nada, le dedicaba cada tema que tocaba sentado en aquel banco.

Dejó la guitarra en su funda y se volvió a acostar. No podía definir si su encuentro de la tarde con Valeria había sido grato, o terriblemente desapacible. El paso de los años no había sido benévolo con ninguno de los dos y tardaron un buen rato en reconocerse.

Después de varios años dedicándose a cuidar de un desagradecido marido, Valeria había empezado a trabajar como representante de artículos de regalo, y en una visita a uno de los clientes de su cartera, se encontró con Francisco, que llevaba tres años trabajando de dependiente en ese establecimiento.

Ella una mujer de treinta y cinco años que aparentaba más de cuarenta y cinco, una tradicional ama de casa; y él, un delincuente de poca monta que había conseguido reinsertarse en la sociedad, decidieron tomar una copa juntos al terminar la jornada laboral.

Dieciocho años sin verse y nada bueno que contar, ni esperanzas que compartir. Rememoraron el verano en el que se conocieron y las tardes en la plaza. Rememoraron que una vez tuvieron sueños y toda una vida por delante; un mundo lleno de conciertos en estadios para él y diseños de alta costura en las mejores pasarelas para ella.

Se avergonzaban tanto de sus años perdidos que no se atrevieron a hablar de las peleas en la cárcel que más de una cicatriz le habían dejado, ni de la imposibilidad de quedarse embarazada que habían acabado con un matrimonio anterior y una depresión de la que no estaba segura de haber salido.

Después de dar vueltas a un pasado mucho mejor, sus heridas se abrieron de nuevo, y para no dejarse ver sangrando se despidieron con la promesa de llamarse algún día.

Al día siguiente, Valeria se despertó al lado de un hombre al que había dejado de amar mucho tiempo atrás, se despertó sola y desorientada; se sirvió un café de autocompasión y volvió a pensar en Francisco y sus canciones.

Francisco abrió la tienda mientras le daba vueltas a la idea de llamar a Valeria para no sentirse solo una tarde más, pero suponía que no podrían seguir hablando una y otra vez de veranos adolescentes y lo último que quería era admitir en voz alta que había echado su vida a perder.

Ninguno de los dos se atrevió a llamar al otro, a afrontar la humillación de reconocer que no eran nada más que una sombra y prefirieron seguir intentando acomodarse en su soledad que compartirla.

Llegó el día en el que las obligaciones laborales les pusieron cara a cara de nuevo, y como la vez anterior acabaron brindado por los viejos tiempos, sin contarse nada que el otro no supiera ya.

Unos meses después, las copas que se tomaban juntos se habían convertido en parte de sus rutinarias vidas. Al igual que nunca se atrevieron a declarar que sentían algo maravilloso el uno por el otro, cuando eran unos críos, ahora, siendo adultos, nunca se permitirían el lujo de dejarse conocer.

Y en un mundo paralelo:

2 comentarios:

  1. Les dejamos juntos, por fin, aunque de diferentes formas. Hemos regalado un final "feliz" a los protagonistas. Siempre es un placer leerte Ester. Gracias por compartir "Mundos paralelos" conmigo. Abrazos y besos. ;)

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  2. Ester: Perfecto, narrativa pura, simple, directa, fácil de leer, la primera vez que la leí pensé que le faltaban diálogos, la segunda vez que la leí me di cuenta que cualquier diálogo estaría de más, con una historia que como corresponde se parece a la vida. Te felicito. Besos.
    Rubén.

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