Cada atardecer él tocaba su
guitarra y ella se sentaba a sus pies para admirarlo.
La acústica de aquel salón
no era la mejor, pero los ojos abiertos de su pequeña musa era todo lo que
necesitaba. Ningún artista tuvo nunca un público tan entregado.
Pasaron los años en un par
de acordes y la pequeña ya no cabía en sus pies, empezaba a buscar brazos y
manos que le hacían sentir cosquilleos, deseos… Él dejó de encontrar inocencia
en sus ojos, no le gustaba como la lujuría adolescente la apartaba de su lado.
…Las mujeres habían sido tan
crueles con él…
Su madre prefirió morir a
cuidar de él. Luego cuando creció, aquella diosa egoísta se fue con otro
más guapo y rico; por lo menos le dejó en compañía de su mayor tesoro:
inspiración para canciones de cuna que daban sentido a todo lo que hacía.
Pero esta última se
convertía, nota tras nota, en la pérdida más desgarradora; era consciente de
que en un par de acordes más se marcharía, emprendería su propia vida que
llenaría de vacíos tal y como a él le había pasado.
Ya no era una niña, era el
fiel reflejo de su madre, su viva imagen. Tan altiva y sensual, con minifaldas
por bandera y empuñando barras de carmín; quiso retenerla con historias
puritanas y barrotes de doble moralidad que les distanciaban aún más.
Rendido observó por la
ventana como se montaba en el coche de su último ligue, ese atardecer volvió a
quedarse solo con su guitarra, colmado de reflexiones, sin musa a quien
cantarle.
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