lunes, 12 de julio de 2010

Abandonado








Cada atardecer él tocaba su guitarra y ella se sentaba a sus pies para admirarlo.
La acústica de aquel salón no era la mejor, pero los ojos abiertos de su pequeña musa era todo lo que necesitaba. Ningún artista tuvo nunca un público tan entregado.
Pasaron los años en un par de acordes y la pequeña ya no cabía en sus pies, empezaba a buscar brazos y manos que le hacían sentir cosquilleos, deseos… Él dejó de encontrar inocencia en sus ojos, no le gustaba como la lujuría adolescente la apartaba de su lado.
Pasaba los atardeceres preguntándole a su guitarra con quien andaría jugando su musa; castigaba sus tardanzas encerrándola de noche en su habitación, mientras le pedía al cielo que echara el tiempo hacia atrás.
…Las mujeres habían sido tan crueles con él…
Su madre prefirió morir a cuidar de él. Luego cuando creció, aquella  diosa egoísta se fue con otro más guapo y rico; por lo menos le dejó en compañía de su mayor tesoro: inspiración para canciones de cuna que daban sentido a todo lo que hacía.
Pero esta última se convertía, nota tras nota, en la pérdida más desgarradora; era consciente de que en un par de acordes más se marcharía, emprendería su propia vida que llenaría de vacíos tal y como a él le había pasado.
Ya no era una niña, era el fiel reflejo de su madre, su viva imagen. Tan altiva y sensual, con minifaldas por bandera y empuñando barras de carmín; quiso retenerla con historias puritanas y barrotes de doble moralidad que les distanciaban aún más.
Rendido observó por la ventana como se montaba en el coche de su último ligue, ese atardecer volvió a quedarse solo con su guitarra, colmado de reflexiones, sin musa a quien cantarle.

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