He
venido aquí cada día a intentar observarte. He sentido tu presencia junto a mí
y tu espíritu ha desgarrado mi alma. Leo tu nombre, que se repite
constantemente en mi cabeza, aunque jamás lo había pronunciado antes. Ahora
quisiera que tus oídos vacíos oyeran el eco de mi mente gritándolo. Xana... mi
ángel de fuego eterno.
Vine
a buscarte por primera vez con el corazón desgastado, falto de vida como tú,
para poder preguntarte: ¿Fue ilusión o pudo ser futuro pleno? La duda abrasaba
mis venas y el dolor se mostraba en mis extremidades; al final siempre caía
sobre la piedra y mi puño golpeaba contra esa maldita fecha, suplicaba que tu
voz resonara en mi mente, susurrándome.
Te
convertiste en una obsesión en la que desahogarme; los crisantemos lloraban
conmigo mientras te describía las largas noches de un poeta solitario. Mis
dedos solían resbalar por tu fría piel, pálida...
Buscaba
tu mirada al otro lado de un muro impenetrable y al marchar dejaba parte de mi
melodía resonando entre las paredes de tu cárcel. Te dejaba atrás, sola y
silenciosa... imperturbable. Al día siguiente la incipiente necesidad de
hablarte que dominaba mi razón hacía que regresara a tu lugar de reposo. Tu
muerte se convirtió en mi vida, arrastrándome a tu lado. ¿Pudo ser futuro
pleno? Pudo ser todo lo que tus deseos hubieran dictado. En tu esclavo me había
convertido y en sacrificio me ofrecí.
Mi
sangre fluirá por tu cuerpo para que seamos sólo uno; volví cuando el Sol murió
para morir con él. La Luna iluminó mi último aliento.
Algo
había estado creciendo en mí, todo lo que un día fuiste se había adueñado de mi
ánimo y alimentaba mi motor recorriendo por mis venas cada punto de mi cuerpo.
Tu muerte me dio vida y me inundó.
Cuando
cayó la oscuridad sobre tu lúgubre morada me acurruqué encima de ti y momentos
antes de encontrarte supe la verdad: te amaba, OH Xana...
Tu
fuego me ha consumido; sólo soy cenizas; sólo soy tú.

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